
Lo que no sanaste en la infancia, lo repites en tus relaciones
octubre 21, 2025
Hoy tengo menos vínculos que antes, y eso está bien
noviembre 4, 2025Hay verdades que duelen, pero también liberan. Y una de ellas es esta: cuando alguien te ama, se nota.
El amor no se disfraza, no se adivina ni se justifica. Se siente, se ve, se expresa.
A veces lo que más duele no es la ausencia del amor del otro, sino todas las excusas que inventamos para no aceptar esa ausencia. Nos convencemos de que “tal vez está ocupado”, “no sabe cómo demostrarlo” o “necesita tiempo”. Pero detrás de esas justificaciones suele haber una realidad más simple, aunque más dolorosa: esa persona no siente lo mismo.
Cuando el amor no está, el cuerpo lo sabe
El cuerpo percibe antes que la mente lo que el corazón no quiere aceptar. Lo notas en la ansiedad que sientes al mirar el teléfono y no ver mensajes, en el nudo en el estómago cuando no hay respuestas, en el silencio que se vuelve costumbre.
Si alguien no te llama, no te escribe, no busca compartir contigo ni se interesa genuinamente por cómo estás, no es falta de tiempo ni exceso de ocupaciones. Es falta de deseo, de presencia y, probablemente, de amor.
Reconocerlo duele, pero es un acto de amor propio.
«Porque cuando el amor es real, se nota en la reciprocidad: hay cuidado, hay intención, hay ganas de estar. No hay que mendigar atención ni rogar por un lugar».
El autoengaño: insistir donde no hay amor
¿Por qué entonces insistimos? ¿Por qué seguimos apostando por vínculos que no nos eligen, esperando que el otro cambie, que “algún día se dé cuenta de lo que tiene”?
La respuesta rara vez está en el otro. Está en nosotros.
Insistir en una relación unilateral suele ser una forma inconsciente de buscar validación. Es un intento de demostrar que somos dignos de amor, incluso en los lugares donde ese amor no existe.
Y esa necesidad —de que el otro nos elija, nos valore o nos priorice— casi siempre nace de una historia más profunda: la de una infancia donde el cariño fue intermitente, condicionado o insuficiente.
Aprendimos que el amor había que ganárselo, que ser vistos requería esfuerzo, que el afecto podía irse si no complacíamos. Y, sin querer, repetimos ese patrón de adultos: perseguimos lo que no nos mira, insistimos en lo que no nos cuida, nos conformamos con migajas creyendo que “algo es mejor que nada”.
La terapia: el camino para dejar de conformarte
La terapia no te enseña a “dejar de querer”. Te enseña a quererte mejor. A distinguir entre amor y necesidad, entre conexión y dependencia. Te ayuda a entender que el amor verdadero no se gana: se comparte.
En ese proceso, comienzas a sanar tu autoestima y con ello, tu forma de amar.
«Dejas de perseguir lo que te hiere y empiezas a elegir lo que te nutre. Aprendes a no llamar “destino” a lo que es costumbre, ni “pasión” a lo que es ansiedad».
Y lo más importante: recuperas el poder de decidir dónde sí y dónde no entregar tu energía.
El amor no se ruega, se construye
No confundas insistencia con amor. El amor no te deja esperando, no te apaga la luz interior ni te hace dudar de tu valor. El amor real te da calma, te inspira, te acompaña. No exige que renuncies a ti misma para sostenerlo.
Así que no te autoengañes más: Si alguien no demuestra interés, si no hay coherencia entre lo que dice y lo que hace, entonces no está.
Y tú no estás aquí para mendigar cariño, sino para recibir amor recíproco, sano y consciente.
Cuando empieces a elegir relaciones desde la paz, no desde el miedo a perder, comprenderás que el amor no se busca: se encuentra cuando tú misma te eliges primero.
Te abrazo,
María Luisa Cuenca
@marilupsico
+54 9 11 2773-8743
marilupsico27@gmail.com



