
Hoy tengo menos vínculos que antes, y eso está bien
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El propósito de una vida más saludable empieza hoy
noviembre 18, 2025A veces cuesta aceptar que el mal existe.
Queremos creer que todo tiene una explicación, que las personas no hieren porque quieren, sino porque no saben hacerlo mejor. Y aunque esto es cierto en muchos casos, también lo es que sí existe la maldad consciente: personas que actúan con intención de dañar, manipular o destruir, incluso sabiendo el impacto que causan.
Pero entre la maldad intencionada y la bondad idealizada hay una zona gris: la de las personas heridas que, sin quererlo, también hacen daño.
Y reconocerlo no es justificarlo, sino comprender que detrás de muchos comportamientos dañinos hay historias no resueltas, dolores antiguos y mecanismos de defensa que terminaron volviéndose armas.
Cuando el dolor no se sana, se repite
«El sufrimiento no tratado tiende a buscar salida. Y si no encuentra un canal saludable, lo hace a través de la ira, la indiferencia o el control».
Una persona que fue humillada puede aprender a humillar para no volver a sentirse débil. Alguien que fue abandonado puede volverse frío y distante para evitar que lo hieran otra vez.
Quien creció en el caos puede reproducir el caos porque es el único lenguaje emocional que conoce.
No lo hacen necesariamente por maldad, sino porque el dolor no elaborado se convierte en defensa. Y esa defensa, con el tiempo, daña a otros.
La diferencia entre el daño y la intención
Hay una diferencia fundamental entre quien hace daño sabiendo que lo hace y quien daña sin comprenderlo. El primero actúa desde la conciencia; el segundo, desde la herida.
Esto no significa que el daño sea menor o que debamos tolerarlo, pero sí nos invita a mirarlo desde una perspectiva más compasiva:
- cuando alguien no ha aprendido a amarse, no sabe amar;
- cuando no ha aprendido a cuidarse, tampoco sabe cuidar.
Por eso sanar no es un acto egoísta, es una forma de responsabilidad emocional.
«Cada vez que alguien decide mirar su historia, sus traumas y sus reacciones, está interrumpiendo la cadena de dolor que, de otro modo, seguiría repitiéndose en sus vínculos».
Heridas que se proyectan, vínculos que se distorsionan
Las heridas no sanadas se cuelan en la forma en que hablamos, reaccionamos y nos relacionamos. A veces se disfrazan de celos, de exigencia o de desconfianza; otras, de necesidad de control o de miedo a la intimidad.
Sin darnos cuenta, proyectamos en el otro lo que no toleramos en nosotros. Y en ese juego de espejos, terminamos alejando justamente aquello que más deseamos: el amor, la cercanía, la paz.
Por eso, más que preguntarte “¿por qué me hicieron esto?”, es valioso detenerte y pensar:
“¿Qué necesito sanar para no seguir repitiendo este patrón?”.
La invitación: sanar para no dañar
Todos, en algún momento, hemos herido a alguien. La diferencia está en lo que hacemos con esa conciencia.
Podemos negarlo y seguir actuando igual, o podemos asumir el compromiso de transformarnos. Sanar no significa olvidar lo vivido, sino dejar de usar nuestras heridas como excusa para no cambiar.
El trabajo terapéutico no es solo para quien sufre, sino también para quien reconoce que ha hecho sufrir y no quiere seguir haciéndolo.
Porque sanar es una forma de proteger al otro, pero sobre todo, de protegernos de convertirnos en aquello que alguna vez nos lastimó.
Sanar es un acto de valentía
Mirar el propio dolor requiere coraje. Aceptar que necesitamos ayuda, humildad. Y dar el paso hacia la terapia, amor propio.
No todo el que hiere es malo. Pero todo el que quiere dejar de herir, necesita sanar.
Y ese proceso comienza cuando decides mirar hacia adentro con honestidad.
Si sientes que tus heridas siguen hablándote —en forma de miedo, reacciones o distancia—, puedo acompañarte en este proceso. Agenda una sesión conmigo y empecemos a trabajar para que tu historia deje de doler… y empiece a transformarse.
María Luisa Cuenca
@marilupsico



